Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Martín había proseguido en el mismo tono de grave disposición con que había comenzado, y sin duda habría pronunciado un admirable sermón moralizante, que habría contribuido extraordinariamente al reposo tanto de cuerpo como de mente de mis lectores, que es el verdadero y definitivo fin de la ética. Pero el límite de la paciencia de Juan había sido rebasado. Y lo mismo que en las disputas escolásticas nada fomenta tanto el mal humor del oponente como esa especie de calma pedante y afectada del que le responde, siendo por lo general los litigantes como las balanzas desequilibradas, donde la gravedad de un lado facilita la ligereza del otro, provocando que suba hasta tropezar con el astil, así sucedió aquí con el peso de los argumentos de Martín, que exaltó la ligereza de Juan, haciéndole saltar, y desdeñando la moderación de su hermano. En suma, la paciencia de Martín enfureció a Juan, pero lo que más le afligió fue ver la casaca de su hermano tan bien reducida a su estado de inocencia, en tanto que la suya estaba o desgarrada hasta la camisa o, allí donde se había librado de sus crueles tirones, como la librea de Pedro. Así que parecía un petimetre borracho, medio desvalijado por matones, o como un nuevo arrendatario de Newgate que se hubiera negado al pago de la extorsión, o un ratero sorprendido con las manos en la masa dejado a merced de las tenderas, o como una alcahueta en sus viejas enaguas de terciopelo entregada al brazo secular de la turba. Como cualquiera de estos, o como todos ellos, una mezcla de harapos, encajes, rasgones y flecos, así aparecía ahora el desventurado Juan: se hubiera puesto más que contento de ver su casaca en las mismas condiciones que la de Martín, pero infinitamente más contento de ver la de Martín en las mismas condiciones que la suya. Sin embargo, puesto que ninguno de los dos casos tenían probabilidades de ir a ser reales, juzgó conveniente darle la vuelta a todo el asunto y hacer de la necesidad virtud. Así que, después de recurrir a todos los argumentos de zorro que pudo para llevar a Martín a la razón —como él la llamaba— o a su misma condición harapienta y rabicorta —como pretendía—, y comprobando que lo que decía era inútil, ¿qué otra cosa, lamentablemente, le quedaba al desolado Juan por hacer sino, tras un millón de injurias contra su hermano, volverse loco de melancolía, despecho y contrariedad? Para resumir, aquí comenzó una ruptura mortal entre los dos. Juan se fue de inmediato a un nuevo alojamiento y a los pocos días se daba por cierto el rumor de que había perdido la cordura. Poco tiempo después se le vio por la calle y se confirmó ese rumor, al caer en las más raras extravagancias jamás concebidas por un cerebro enfermo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker