Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Pero, aparte de lo que pueda objetarse por esos arrogantes censores, es evidente que la comunidad de los escritores quedaría enseguida reducida a un número insignificante si los hombres se vieran obligados a hacer libros con la fatal condición de no exponer nada que se saliera del propósito de los mismos. Está más que reconocido que, de darse entre nosotros el mismo caso que con griegos y romanos, cuando el saber estaba en su cuna, y debía criarse, alimentarse y vestirse mediante la invención, sería una tarea fácil llenar volúmenes sobre asuntos concretos sin extenderse más allá de los temas salvo en moderados excursos que ayudaran a avanzar o a aclarar el objetivo principal. Pero con el progreso ha sucedido como con un ejército numeroso acampado en un país fértil que, durante unos días, se mantiene con el producto de la tierra que ocupa, hasta que se agotan las provisiones y se le manda a buscarlas por varias millas a la redonda, sin que importe que sea entre los amigos o los enemigos. Entretanto, los campos vecinos, pisoteados y devastados, quedan estériles y secos, sin ofrecer más sustento que nubes de polvo.