Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Otra vez, uno de los criados, cuyo oficio era llenar mi artesa de agua limpia cada tres días, tuvo el descuido de dejar que una rana enorme, por no haberla visto, se deslizase en el cubo. La rana estuvo oculta hasta que me pusieron en el bote; pero entonces, advirtiendo un lugar de descanso, trepó a él, y lo hizo inclinarse tanto de un costado, que tuve que contrabalancear echando al otro todo el peso de mi cuerpo para impedir el vuelco. Cuando la rana estuvo dentro, saltó de primera intención la mitad del largo del bote, y luego, por encima de mi cabeza, de atrás adelante y al contrario, ensuciándome la cara y las ropas con repugnante lodo. El grandor de sus miembros la hacía aparecer como el animal más disforme que pueda concebirse. No obstante, pedí a Glumdalclitch que me dejase habérmelas con ella solo. Durante un buen rato le sacudí con uno de los remos, y, por fin, la forcé a saltar del bote.