Los Viajes de Gulliver

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Pero el mayor peligro en que me vi durante mi estancia en aquel reino fue debido a un mono, propiedad de uno de los ayudantes de cocina. Me había encerrado Glumdalclitch en su gabinete mientras ella salía a compras o de visita. Como hacía mucho calor, la ventana del gabinete estaba abierta de par en par, así como las ventanas y puertas de mi caja grande, en la cual ya habitaba frecuentemente a causa de su comodidad y amplitud. Estaba sentado a la mesa meditando tranquilamente, cuando vi que algo se entraba de un salto por la ventana de la habitación y daba brincos de un lado para otro. Aunque ello me alarmó en extremo, me atreví a mirar hacia fuera, bien que sin moverme de mi asiento; y entonces vi al revoltoso animal retozando y saltando de aquí para allí, hasta que por último se vino a mi caja y la examinó con gran curiosidad y regocijo, atisbando por las puertas y las ventanas. Me separé al ángulo más apartado de mi habitación, o sea de mi caja; pero el mono, mirando el interior por todas partes, me aterró de tal modo que me faltó presencia de ánimo para esconderme debajo de la cama, como hubiera podido hacer fácilmente. Después de un rato de husmeo, gesticulación y charla, me descubrió al fin, y metiendo por la puerta una de las garras, como haría un gato que jugase con un ratón, aunque yo corría de un sitio a otro para huirle, acabó por cogerme de la vuelta de la casaca -que, hecha de la seda de aquel país, era muy gruesa y resistente- y me sacó. Me alzó con la mano derecha y me sujetó como las nodrizas sujetan a los niños cuando van a darles de mamar y exactamente lo mismo que yo había visto hacer en Europa a un animal de la misma clase con un gatito pequeño. Intenté resistir; pero entonces me apretó tan fuerte, que tuve por lo más prudente entregarme. Su frecuente acariciarme la cara con la mano de muy suave manera me hace fundadamente suponer que me tomaba por un pequeño de su misma especie. Vino a interrumpirle en estas diversiones un ruido hecho en la puerta del gabinete como por alguien que la abriese, lo que le obligó a saltar bruscamente a la ventana por donde había entrado, y de allí, a canalones y cañerías andando en tres pies y llevándome a mí en la otra mano, hasta que se encaramó a un tejado próximo al nuestro. Yo oí que Glumdalclitch daba un grito en el momento de sacarme el mono del cuarto. La pobre muchacha casi perdió el sentido. Aquella parte del palacio era todo confusión; los criados corrieron a buscar escaleras; cientos de personas de la corte miraban al mono, que, instalado en lo alto de un edificio, me tenía como a un niño en una de sus patas delanteras y me daba de comer con la otra, metiéndome a la fuerza en la boca comida que iba sacándose de una de las bolsas que tienen a los lados de las quijadas estos animales, y cuando no quería comerlo me pegaba. A la vista de esto no podía contener la risa mucha de la gente que había abajo, ni yo creo que en realidad pueda censurársele por ello, pues, sin disputa, el espectáculo tenía que ser bastante grotesco para cualquiera que no fuese yo. Algunas personas tiraron piedras con la intención de hacer bajar al mono; pero se prohibió hacerlo rigurosamente, pues de otro modo es casi seguro que me hubiesen destrozado la cabeza.


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