Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver ¡Extraño efecto de los cortos principios y los horizontes limitados! ¡Un prÃncipe adornado de todas las cualidades que inspiran estima, veneración y amor, de excelentes partes, gran sabidurÃa y profundos estudios, dotado de admirables talentos para gobernar y casi adorado por sus súbditos, dejando escapar, por un supremo escrúpulo, del cual no podemos tener en Europa la menor idea, una oportunidad puesta en sus manos, y cuyo aprovechamiento le hubiera hecho dueño absoluto de la vida, la libertad y la fortuna de sus gentes! No digo esto con la más pequeña intención de disminuir las muchas virtudes de aquel excelente rey, cuyos méritos, sin embargo, temo que habrán de quedar muy mermados a los ojos del lector inglés con este motivo; pero juzgo que este defecto tiene por origen la ignorancia de aquel pueblo, que todavÃa no ha reducido la polÃtica a una ciencia, como en Europa han hecho ya entendimientos despiertos. Recuerdo muy bien que en una conversación que mantuve con el rey un dÃa, como yo le dijera que nosotros habÃamos escrito varios millares de libros sobre el arte de gobernar, él formó -en contra de lo que yo pretendÃa- un concepto muy pobre de nuestra inteligencia. Declaró abiertamente que detestaba, a la vez que despreciaba, todo misterio, refinamiento e intriga en un prÃncipe o en un ministro. No podÃa comprender lo que designaba yo con el nombre de secreto de Estado, siempre que no se tratase de algún enemigo o alguna nación rival. ReducÃa el conocimiento del gobierno a lÃmites estrechÃsimos de sentido común y razón, justicia y lenidad, diligencia en rematar las causas civiles y criminales, con algunos otros tópicos sencillos que no merecen ser consignados. Y afirmó que cualquiera que hiciese nacer dos espigas de grano o dos briznas de hierba en el espacio de tierra en que naciera antes una, merecÃa más de la Humanidad y hacÃa más esencial servicio a su paÃs que toda la casta de polÃticos junta.