Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Mi amo consintió en todo muy graciosamente, y así el secreto se mantuvo hasta que comenzaron a inutilizarse mis ropas, las cuales hube de substituir con invenciones diversas de que más tarde hablaré. Mientras esto sucedía, mi amo me excitaba a que siguiera aprendiendo el idioma a toda prisa, pues estaba más asombrado de ver mi capacidad para el habla y el razonamiento que no la figura de mi cuerpo, estuviese cubierto o no, añadiendo que esperaba con bastante impaciencia oír las maravillas que le había ofrecido contarle.
En adelante duplicó el trabajo que se tomaba para instruirme; me hacía estar presente en todas las reuniones, y exigía que los reunidos me tratasen con amabilidad; pues, según les dijo privadamente, eso me pondría de buen humor y me haría aún más divertido.
Todos los días, cuando yo le visitaba, además de las molestias que se tomaba para enseñarme, me hacía varias preguntas referentes a mi persona, a las cuales contestaba yo lo mejor que sabía, y gracias a esto tenía ya algunas ideas generales, aunque muy imperfectas. Sería cansado exponer por qué pasos llegué a mantener una conversación más regular; baste saber que la primera referencia de mí que pude dar con algún orden y extensión vino a ser como sigue: