Los Viajes de Gulliver

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Disfruté la merced de ser recibido por varios houyhnhnms que acudían a visitar a mi amo o a comer con él, y su señoría me permitía graciosamente estar en la habitación y escuchar las conversaciones. Tanto él como sus amigos descendían a hacerme preguntas y oír mis respuestas. Y algunas veces también tuve el honor de acompañar a mi amo en las visitas que hacía a los otros. Yo no me permitía hablar nunca si no era para responder a una pregunta, y aun entonces lo hacía con interior descontento, porque suponía para mí una pérdida de tiempo en mi adelanto, pues me complacía infinitamente asistiendo como humilde oyente a estas conversaciones, en que no se decía nada que no fuese útil en el menor número posible de muy expresivas palabras; en que -como ya he dicho- se guardaba la más extremada cortesía, sin el menor grado de ceremonia; en que nadie hablaba sin propio gusto ni sin dárselo a sus compañeros; en que no había interrupciones, cansancio, pasión, ni criterios diferentes. Tienen allí la idea de que, cuando se reúne gente, una corta pausa es de mucho provecho a la conversación, y yo descubrí ser cierto, pues durante estas pequeñas intermisiones nacían en sus cerebros nuevas ideas que animaban mucho el discurso. Los asuntos de sus pláticas son ordinariamente la amistad y la benevolencia o el orden y la economía; a veces, las operaciones visibles de la Naturaleza, o las antiguas tradiciones, los linderos y límites de la virtud, las reglas infalibles de la razón o los acuerdos que deban tomarse en la próxima gran asamblea; y muy a menudo, las diversas excelencias de la poesía. Puedo añadir, sin vanidad, que mi presencia les proporcionaba frecuentemente asunto para sus conversaciones, pues daba ocasión a que mi amo hiciese conocer a sus amigos mi historia y la de mi país, sobre las cuales se complacían en discurrir de modo no muy favorable para la especie humana; y por esta razón no he de repetir lo que decían. Sólo me permitiré consignar que su señoría, con gran admiración por mi parte, parecía comprender la naturaleza de los yahoos mucho mejor que yo mismo. Pasaba revista a todos nuestros vicios y extravagancias, y descubría muchos que yo no le había mencionado nunca sólo con suponer qué cualidades sería capaz de desarrollar un yahoo de su país con una pequeña dosis de razón, y deducía, con grandes probabilidades de acierto, cuán vil y miserable criatura tendría que ser.


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