Los Viajes de Gulliver
Los Viajes de Gulliver Un día, Su Majestad Imperial, informado de mi método de vida, expresó el deseo de tener él y de que tuviera su real consorte, así como los jóvenes príncipes de la sangre de ambos sexos, el gusto -como él se dignó decir- de comer conmigo. En consecuencia vinieron, y yo los coloqué en tronos dispuestos sobre mi mesa, justamente frente a mí, rodeados de su guardia. Flimnap, gran tesorero, asistía allí de igual modo, en la mano el blanco bastón, insignia de su cargo, y observé que frecuentemente me miraba con agrio semblante, lo que hice ademán de no ver. Lejos de ello, comí más que de costumbre, en honor a mi querido país, así como para llenar de admiración a la corte. Tengo mis razones particulares para creer que esta visita de Su Majestad dio a Flimnap ocasión para hacerme malos oficios con su señor. Este ministro había sido siempre mi secreto enemigo, aunque exteriormente me halagaba más de lo que era costumbre en la aspereza de su genio. Pintó al monarca la triste situación de su tesoro: cómo se veía obligado a negociar empréstitos con gran descuento; cómo los vales reales no circularían a menos de nueve por ciento bajo la par; cómo, en fin, yo había costado a Su Majestad por encima de millón y medio de sprugs -la mayor moneda de oro de ellos, aproximadamente del tamaño de una lentejuela-, y, en resumidas cuentas, cuán prudente sería en el emperador aprovechar la primera ocasión favorable para deshacerse de mí.