Amo y criado
Amo y criado —No bebas más agua si no quieres, pero luego no me pidas más —exclamó Nikita, explicando con toda seriedad y detalle su comportamiento a Mujorti. Y de nuevo corrió a la cochera, llevando de la brida a ese caballo joven y alegre, que brincaba y llenaba todo el patio con el sonido de sus cascos.
No había ningún criado, sólo un hombre de fuera, el marido de la cocinera, que había venido para las fiestas.
—Buen hombre —le dijo Nikita—, vete a preguntar qué trineo hay que enganchar, el pequeño o el grande.
El marido de la cocinera entró en la casa, de tejado revestido de hierro y alto zócalo, y al poco volvió con la noticia de que había que enganchar el pequeño. Entretanto, Nikita ya le había puesto al caballo la collera y había atado el sillín, revestido de pequeños clavos; luego, en una mano la ligera duga[3] pintada y las riendas del caballo en la otra, se acercó a los dos trineos, que estaban en el cobertizo.
—Si ha dicho el pequeño, engancharemos el pequeño —comentó y metió entre las varas al inteligente caballo, que no dejaba de fingir que quería morderle; luego, con la ayuda del marido de la cocinera, empezó a engancharlo.