Amo y criado
Amo y criado —¿Qué, tontorrón, te aburres? —dijo Nikita, en respuesta al débil relincho de bienvenida con el que le habÃa acogido el potro bayo, robusto, de alzada mediana y ancas prominentes, que estaba solo en el establo—. ¡Espera! ¡Espera! ¡No tengas prisa! ¡Deja que primero te dé de beber! —decÃa Nikita, hablando con el caballo como si fuera capaz de comprender las palabras; a continuación le frotó el lomo grasiento y estriado, de crines ralas y cubiertas de polvo, con el faldón del abrigo, le pasó las riendas por la hermosa cabeza, le enderezó las orejas, le arregló el copete y, después de quitarle el cabestro, lo condujo al abrevadero.
Tras salir con precaución del establo, lleno de montones de estiércol, el caballo caracoleó y se puso a cocear, como si quisiera alcanzar a Nikita, que corrÃa a su lado en dirección al pozo.
—¡Mira cómo juguetea, el granuja! —decÃa Nikita, que sabÃa que Mujorti levantaba las patas traseras con el mayor cuidado, rozando apenas su pelliza mugrienta de piel de oveja, sin golpearle nunca, un truco que Nikita apreciaba mucho.
Después de hartarse de agua helada, Mujorti suspiró, moviendo los robustos belfos mojados, de cuyo bigote caÃan gotas transparentes en el cubo; se quedó inmóvil, como sumido en sus propios pensamientos; luego, de repente, emitió un sonoro relincho.