Amo y criado
Amo y criado Cuando todo estaba listo y sólo quedaba ajustar las bridas, Nikita pidió al marido de la cocinera que fuera al granero a por un poco de paja y a la cochera a por una pieza de yute.
Ya está. ¡Eh, eh, no te des tantos aires! —decÃa Nikita, poniendo en el fondo del trineo la fresca paja de avena que le habÃa traÃdo el marido de la cocinera—. Ahora extenderemos bien la arpillera y encima la pieza de yute. AsÃ. Ahora sà que estará cómodo —decÃa, mientras remetÃa el yute por encima de la paja, alrededor de todo el asiento—. Gracias, buen hombre —dijo Nikita, dirigiéndose al marido de la cocinera—. Entre dos se hace todo más deprisa y, desenredando las riendas, sujetas a una anilla en un extremo, se sentó en el pescante y dio una palmada al brioso caballo, que avanzó por el estiércol helado del patio en dirección a la cancela.
—¡TÃo Nikita! ¡Eh, tÃo Nikita! —grito detrás de él, con una vocecilla aguda, un muchacho de siete años que habÃa salido corriendo del zaguán, con una pelliza negra, botas de fieltro blancas y nuevas y gorro grueso—. Llévame —le pidió, mientras se abotonaba a la carrera la pelliza.
—Bueno, corre, pequeño —dijo Nikita y, deteniéndose, acomodó en el trineo al hijo del amo, cuyo rostro pálido y delgado resplandecÃa de gozo. Asà salieron al camino.