Amo y criado

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Eran más de las dos. Hacía frío, unos diez grados bajo cero, el tiempo era desapacible y ventoso. La mitad del cielo estaba cubierta por una nube baja y oscura. En el patio todo estaba tranquilo, pero en el camino el viento dejaba sentir su presencia, barriendo la nieve del tejado del granero del vecino y levantando remolinos en la esquina, junto a la caseta de baños. Apenas había atravesado Nikita la cancela y había conducido el caballo a la entrada cuando Vasili Andreich, con un cigarro entre los labios y un abrigo de piel de cordero, ceñido por debajo de la cintura, apareció en la alta escalinata, cubierta de nieve endurecida, que crujía bajo sus botas de fieltro revestidas de cuero, y se detuvo. Dio una última chupada al cigarro, tiró la colilla, la pisó y, expulsando el aire a través del bigote y mirando de reojo el caballo, empezó a remeterse a ambos lados del rostro rubicundo y afeitado (a excepción de los bigotes) los picos del cuello del abrigo, para que la piel quedara dentro y la respiración no la estropeara.

—¡Ya ha tenido tiempo de sentarse, el muy pillo! —dijo, al ver a su hijo en el trineo.




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