Amo y criado

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Vasili Andreich obedeció y dejó que el caballo siguiera la dirección indicada por Nikita. Así viajaron durante un buen rato. De vez en cuando atravesaban campos desnudos y el trineo chirriaba en los terrones helados. A veces cruzaban campos de rastrojos de trigo de otoño o primavera, en los que despuntaban entre la nieve matas de ajenjo y pajas mecidas por el viento; o se internaban en un campo cubierto de una espesa y uniforme capa de nieve, por encima de la cual no se veía nada.

La nieve caía desde arriba y a veces llegaba también desde abajo, levantada por el viento. Era evidente que el caballo estaba extenuado, con las crines encrespadas por el sudor y cubiertas de escarcha, y avanzaba al paso. De pronto se tambaleó y cayó en una zanja o en el lecho de un río. Vasili Andreich quiso detenerse, pero Nikita le gritó:

—¿Por qué lo retiene? Nos hemos hundido y tenemos que salir. ¡Vamos, bonito! ¡Vamos, amigo! —gritó con voz alegre al caballo, saltando del trineo y metiéndose en la zanja.

El caballo se lanzó hacia delante y no tardó en salir a un terraplén helado. Por lo visto era una zanja que alguien había cavado en ese punto.

—¿Dónde estamos? —dijo Vasili Andreich.

—¡Ahora lo sabremos! —respondió Nikita—. Siga adelante y ya llegaremos a algún sitio.


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