Amo y criado
Amo y criado —¿No es ése el bosque de Goriáchkino? —dijo Vasili Andreich, señalando una mancha oscura que destacaba entre la nieve, justo enfrente.
—Ya veremos qué bosque es cuando lleguemos —dijo Nikita.
Había visto que, a un lado de esa mancha negra, revoloteaban unas hojas secas y alargadas de sauce; ese detalle le había permitido deducir que no era un bosque, sino un lugar habitado, pero no quiso decirlo y, en efecto, aún no habían recorrido ni diez sazhens[4] desde que salieron de la zanja cuando divisaron las siluetas de unos árboles y oyeron un sonido nuevo y desolado. Nikita no se había equivocado: no era un bosque, sino una hilera de altos sauces en cuyas ramas aún se agitaba alguna que otra hoja. Evidentemente los habían plantado alrededor de la zanja de una era. Cuando llegaron a la altura de los sauces, que ululaban tristemente, zarandeados a su antojo por el viento, el caballo plantó de pronto las manos a mayor altura que el trineo, luego hizo lo propio con las patas traseras, giró a la izquierda y dejó de hundirse en la nieve hasta las rodillas. Habían salido a un camino.
—Hemos llegado —dijo Nikita—, aunque no sabemos adónde.