Amo y criado

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III

A la entrada de la calle aún se notaba el viento y el suelo estaba cubierto de nieve, pero en medio de la aldea reinaba el silencio, y el ambiente era tibio y acogedor. Un perro ladraba en un patio; una mujer, cubriéndose la cabeza con la pelliza, entró corriendo en una isba y se detuvo en el umbral para echar un vistazo a los viajeros. En el centro de la aldea se oía cantar a las muchachas.

Parecía como si allí el viento no soplara con tanto ímpetu, la nieve hubiera remitido y el frío no fuera tan intenso.

—Pero si es Gríshkino —dijo Vasili Andreich.

—Así es —respondió Nikita.

En efecto, era Gríshkino. Esto es lo que había sucedido: se habían desviado a la izquierda y habían recorrido al menos ocho verstas en una dirección equivocada, aunque se habían acercado a su destino. De Goriáchkino a Gríshkino no había más de cinco verstas.

En el centro de la aldea se toparon con un hombre muy alto que caminaba por el centro de la calle.

—¿Quién va? —gritó, deteniendo el caballo; no obstante, reconoció en seguida a Vasili Andreich, cogió la vara y, pasando las manos por ella, llegó hasta el trineo y se sentó en el pescante.

Era el campesino Isái, conocido de Vasili Andreich, que tenía fama de ser el mayor ladrón de caballos de la región.


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