Amo y criado
Amo y criado —¡Ah, Vasili Andreich! ¿Adónde le lleva Dios? —preguntó Isái, echándole a Nikita el aliento, que olía a vodka.
—Tenía intención de ir a Goriáchkino.
—¡Y mira dónde ha ido a parar! Tenía que haber ido por Malájovo.
—Ya lo sé, pero nos hemos extraviado —dijo Vasili Andreich, deteniendo el caballo.
—¡Vaya ejemplar! —dijo Isái, observando al animal, y con mano experta le apretó el nudo de la cola, que se había aflojado—. ¿Va a pasar aquí la noche?
—No, amigo, tengo que seguir sin falta.
—Ya veo. ¿Y éste quién es? ¡Ah, Nikita Stepánich!
—¿Y quién si no? —respondió Nikita—. Dime, buen hombre, ¿qué debemos hacer para no volver a perdernos?
—¡No hay cuidado! Da la vuelta, cruza la calle y, cuando salgas, sigue siempre derecho. No vayas a la izquierda. Y, cuando llegues a la carretera, gira a la derecha.
—Y una vez en la carretera, ¿qué camino debemos tomar? ¿El de verano o el de invierno? —preguntó Nikita.
—El de invierno. En cuanto llegues, verás unos arbustos; justo enfrente hay un mojón, un gran tocón de roble con ramas. Allí tienes que girar.