Amo y criado

Amo y criado

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Por encima de la mesa colgaba una lámpara con pantalla, que iluminaba vivamente el servicio de té, una botella de vodka, los entremeses y las paredes de ladrillo, en uno de cuyos rincones se disponían los iconos, circundados a uno y otro lado de cuadros. En el lugar de preferencia estaba sentado Vasili Andreich, con su zamarra negra; se chupaba el bigote helado y observaba la habitación y a las personas que le rodeaban con sus ojos saltones de gavilán. Le acompañaban el viejo dueño de la casa, calvo, de barba canosa, con una camisa blanca tejida en casa; el hijo que había venido de Moscú para pasar las fiestas, de espalda y hombros robustos, vestido con una camisa fina de percal; el otro hijo, que gobernaba la casa, también de anchas espaldas; y un mujik enjuto y pelirrojo: el vecino.

Habían bebido vodka y comido entremeses y ahora se disponían a tomar el té; el samovar borboteaba ya en el suelo, junto a la estufa. Los niños se habían acomodado en camastros y en el poyo de la estufa. Una mujer sentada en un banco se inclinaba sobre una cuna. La vieja dueña de la casa, con el rostro surcado de pequeñas arrugas, que le marcaban incluso los labios, se desvivía por agasajar a Vasili Andreich.

En el momento en que Nikita entró en la isba, la dueña estaba tendiendo al huésped un grueso vaso de cristal, que acababa de llenar de vodka.


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