Amo y criado
Amo y criado —No lo rechaces, Vasili Andreich. No puedes negarte. Hay que celebrar las fiestas —dijo—. Bebe, querido.
Cuando Nikita, que estaba aterido y agotado, vio el vodka sintió una profunda turbación. Frunció el ceño y, sacudiéndose la nieve del gorro y del caftán, se situó frente a los iconos y, como si no hubiese visto a nadie, se santiguó y se inclinó tres veces; luego, volviéndose al viejo dueño de la casa, hizo una reverencia; a continuación saludó a todos los que se habÃan reunido alrededor de la mesa y por último se dirigió a las mujeres que estaban de pie junto a la estufa; al tiempo que susurraba: «Felices fiestas», empezó a quitarse el abrigo, sin mirar a la mesa.
—Estás todo cubierto de escarcha —dijo el hermano mayor, mirando el rostro, los ojos y la barba de Nikita, completamente blancos.
Nikita se quitó el caftán, volvió a sacudirlo, lo colgó de la estufa y se acercó a la mesa. También a él le ofrecieron un vaso de vodka. Pasó por un momento de tormentosa vacilación y estuvo a punto de aceptarlo y echarse al gaznate ese lÃquido luminoso y fragante; pero, tras dirigir una mirada a Vasli Andreich, recordó su voto, las botas gastadas en bebida, la imagen del tonelero y la de su propio hijo, a quien habÃa prometido comprar un caballo en primavera; suspiró y lo rechazó.