Amo y criado
Amo y criado —Se lo agradezco humildemente, pero no bebo —dijo, frunciendo el ceño, y se sentó en un banco, cerca de la segunda ventana.
—¿Y cómo es eso? —preguntó el hermano mayor.
—No bebo y basta —dijo Nikita, sin levantar la vista, al tiempo que miraba de reojo su bigote ralo y su barba y los limpiaba de escarcha.
—No le sienta bien —intervino Vasili Andreich, masticando una rosquilla que habÃa cogido después de vaciar el vaso de vodka.
—Bueno, entonces toma una taza de té —dijo la amable anciana—. Debes de estar helado, muchacho. ¿Qué, mujeres, acabáis de preparar de una vez el samovar?
—Ya está listo —respondió una joven y, tras secar con un mandil el samovar tapado, que ya hervÃa, lo transportó con mucho esfuerzo hasta la mesa, lo levantó y lo depositó con un ruido sordo.
Entre tanto Vasili Andreich contaba cómo se habÃan extraviado, cómo habÃan vuelto por dos veces a la misma aldea, cómo habÃan vagado por los campos y cómo se habÃan encontrado con unos mujiks borrachos. Los dueños de la casa se admiraban, explicaban dónde y por qué habÃan perdido el camino, quiénes eran los borrachos con los que se habÃan topado y les explicaban por dónde tenÃan que ir.