Amo y criado
Amo y criado Mientras enganchaban el caballo, la conversación volvió al punto en que se había interrumpido cuando Vasili Andreich llamó a la ventana. El anciano se quejaba al vecino, que era el jefe de la aldea, de que su tercer hijo no le había mandado nada para las fiestas, mientras a su mujer le había comprado un pañuelo francés.
—Los jóvenes hacen lo que les da la gana —dijo el anciano.
—Así es —dijo el vecino—, y no se puede hacer nada. Saben demasiado. Ahí tiene usted a Demochkin, que le ha roto un brazo a su padre. Por lo visto, todo se debe a que son demasiado listos.