Amo y criado

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Nikita escuchaba con atención y observaba los rostros de los presentes; era evidente que le gustaría tomar parte en la conversación, pero estaba tan ocupado bebiendo té que se limitaba a asentir con la cabeza. Vaciaba un vaso tras otro y cada vez sentía más calor y una mayor sensación de bienestar. Siguieron hablando durante un buen rato, siempre del mismo tema: el perjuicio que ocasionaba la división del patrimonio; se veía que no se trataba de una conversación abstracta, sino que se ocupaba de la división de esa hacienda, exigida por el segundo hijo, que escuchaba con aire sombrío. Sin duda, era una cuestión dolorosa y preocupaba a todos los miembros de la familia, aunque por decoro no hablaban de su caso particular en presencia de extraños. Sólo al final el anciano no pudo contenerse y exclamó con voz llorosa que, mientras él viviese, nunca permitiría que se dividiese el patrimonio, que su hacienda era próspera, gracias a Dios, y que, si la dividían, todos acabarían mendigando.

—Igual que los Matvéiev —dijo el vecino—. Tenían una buena hacienda, pero después la dividieron y se quedaron sin nada.

—Eso es lo que pretendes tú —dijo el anciano, dirigiéndose a su hijo, que no respondió.


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