Amo y criado

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Entre tanto Nikita se había bebido el quinto vaso de té, pero no lo había puesto boca abajo, sino a un lado, con la esperanza de que le sirvieran otro. Pero ya no había agua en el samovar y la dueña no le ofreció más; además, Vasili Andreich ya se estaba poniendo la pelliza. No había nada que hacer. Nikita también se levantó, dejó en el azucarero el pedazo de azúcar que había estado mordisqueando por todos los lados, se enjugó el rostro cubierto de sudor con el faldón de la camisa y fue a ponerse el caftán.

Una vez bien abrigado, emitió un profundo suspiro y, después de dar las gracias a los anfitriones y despedirse de ellos, salió de la estancia caldeada y luminosa, se internó en el zaguán oscuro y frío, en el que el viento sacudía las puertas y la nieve se filtraba por las rendijas, y de allí pasó al patio.

Petruja, con la pelliza puesta, estaba con su caballo en medio del patio y recitaba y recitaba con una sonrisa unos versos del Paulson: «La tormenta oculta el cielo, los copos de nieve se arremolinan, aullando como una fiera, sollozando como un niño».

Nikita hizo un gesto de aprobación con la cabeza y desenredó las riendas.


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