Amo y criado
Amo y criado El anciano, que se habÃa levantado para acompañar a Vasili Andreich, sacó una linterna al zaguán y quiso encenderla, pero el viento la apagó en seguida. Incluso en el patio se percibÃa que la tormenta de nieve se habÃa recrudecido.
«Vaya tiempecito —pensó Vasili Andreich—. No sé si llegaremos, pero no podemos quedarnos. ¡Los negocios son los negocios! Además, ya estamos listos y el caballo del dueño está enganchado. ¡Si Dios quiere, llegaremos!»
El viejo anfitrión también pensaba que no debÃan partir, pero ya habÃa tratado de convencerlos y no le habÃan escuchado. No podÃa hacer nada más. «Es posible que me haya vuelto miedoso con los años; seguro que llegan bien —pensaba—. Al menos nos iremos pronto a la cama y no habrá más discusiones.»
Petruja, por su parte, no veÃa ningún peligro: conocÃa perfectamente el camino y todos los alrededores; además, esa poesÃa sobre «los copos de nieve que se arremolinan», que tan bien expresaba lo que sucedÃa fuera, le daba ánimos. En cuanto a Nikita, no tenÃa ninguna gana de partir, pero estaba acostumbrado a servir a los demás y a no expresar su voluntad. Asà pues, nadie detuvo a los viajeros.