Amo y criado

Amo y criado

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V

Vasili Andreich se acercó al trineo, que apenas se distinguía en la oscuridad, se montó y cogió las riendas.

—¡Vete delante! —gritó.

Petruja, de rodillas en su trineo, fustigó a la yegua. Mujorti, que ya llevaba un buen rato relinchando, sintiendo la presencia de la yegua, se puso también en marcha, y ambos salieron a la calle. Una vez más atravesaron la aldea por el mismo camino de antes, pasando junto al patio donde estaba tendida la ropa helada, que ya no se veía; luego junto al mismo granero, cubierto ya casi hasta el tejado, del que la nieve no dejaba de caer; a continuación junto a los mismos sauces, que gemían, rumoreaban y se inclinaban torvamente; y de nuevo se internaron en un mar de nieve, donde los copos giraban furiosos tanto en lo alto como a ras del suelo. El viento era tan fuerte que, cuando soplaba de lado y daba de lleno a los viajeros, inclinaba los trineos y empujaba a los caballos hacia el borde del camino. Petruja iba delante, llevando al trote a su magnífica yegua, y de vez en cuando gritaba con fuerza. Mujorti se esforzaba por alcanzarla.


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