Amo y criado

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—Bueno, entonces a la derecha —dijo Vasili Andreich, cediéndole las riendas y metiéndose las manos ateridas en la manga.

Nikita no respondió.

—Vamos, amigo, haz un esfuerzo —le gritó al caballo; pero éste, a pesar de que lo azuzaban con las riendas, seguía andando al paso.

La nieve llegaba en algunos puntos hasta las rodillas y el trineo avanzaba a tirones a cada movimiento del animal.

Nikita cogió el látigo, que estaba colgado del pescante, y le fustigó. El bravo caballo, que no estaba acostumbrado a los golpes, se lanzó al trote, pero al poco tiempo volvió al paso. Así prosiguieron durante cinco minutos. La oscuridad era tan completa y la nieve se arremolinaba con tanta furia en el cielo y a ras del suelo que a veces no se veía la duga. En algunos momentos parecía que el trineo estaba detenido y que era el campo el que retrocedía. De pronto el caballo se paró en seco; seguramente había percibido algún peligro. Nikita se apeó de nuevo con agilidad, soltando las riendas, y se puso delante del caballo para ver por qué se había detenido; pero, apenas había tenido tiempo de dar un paso, cuando resbaló y cayó rodando por una pendiente.


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