Amo y criado
Amo y criado —So, so, so —se decÃa a sà mismo, mientras caÃa y trataba de frenarse, pero no pudo agarrarse a nada y no se detuvo hasta que sus pies se hundieron en una espesa capa de nieve, que se habÃa acumulado en el fondo del barranco.
Un montón de nieve que colgaba del borde del barranco se estremeció con su caÃda y se desplomó sobre él, llenándole de nieve el cuello del caftán…
—¡Eso no se hace! —dijo Nikita en tono de reproche, dirigiéndose al montón de nieve y al barranco, al tiempo que se sacudÃa la nieve del cuello.
—¡Nikita! ¡Eh, Nikita! —gritaba Vasili Andreich desde arriba.
Pero Nikita no respondÃa.
Estaba demasiado ocupado sacudiéndose la nieve y buscando el látigo, que se le habÃa caÃdo de la mano cuando rodó por la pendiente. Una vez que lo encontró, trató de subir por el mismo sitio por el que habÃa caÃdo, pero no lo consiguió; volvió a resbalar hasta el fondo y tuvo que buscar otra vÃa de salida. A unos tres sazhens del punto por el que habÃa rodado, logró trepar a gatas hasta la cima, desde donde se dirigió, por el borde del barranco, al lugar donde debÃa estar el caballo. No podÃa ver el caballo ni el trineo, pero, como caminaba en contra del viento, antes de distinguirlos oyó los gritos de Vasili Andreich y los relinchos de Mujorti, que lo llamaban.