Amo y criado

Amo y criado

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—¡Ya voy, ya voy! ¿Por qué cacareas? —exclamó.

Sólo cuando llegó al trineo, vio el caballo y, a su lado, a Vasili Andreich, que le pareció enorme.

—¿Dónde diablos te habías metido? Tenemos que dar la vuelta. Al menos llegaremos a Gríshkino —dijo Vasili Andreich con enfado.

—Me gustaría regresar, Vasili Andreich, pero ¿por dónde se va? Ahí hay un barranco tan profundo que, si nos hubiéramos caído dentro, no habríamos podido salir. A duras penas he logrado subir.

—¿Qué hacemos, entonces? ¡No vamos a quedarnos aquí! Tenemos que ir a alguna parte —dijo Vasili Andreich.

Nikita no respondió. Se sentó en el trineo de espaldas al viento, se quitó las botas y sacudió la nieve que le había entrado; luego cogió un poco de paja y cubrió cuidadosamente por dentro un agujero que tenía en la bota izquierda.

Vasili Andreich guardaba silencio, como si a partir de entonces hubiera descargado toda la responsabilidad en Nikita. Una vez que se embutió las botas, Nikita metió las piernas en el trineo, se puso las manoplas, cogió las riendas y condujo el caballo por el borde del barranco. Pero no habían recorrido cien pasos cuando Mujorti volvió a detenerse. Ante él estaba otra vez el barranco.


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