Amo y criado

Amo y criado

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—Deja que recobre el aliento —dijo, desanudándose el pañuelo con el que se había atado el cuello de la pelliza en la aldea.

—Vale, túmbate —dijo Nikita—. Yo conduciré.

Y con Vasili Andreich metido en el trineo, llevó el caballo de las riendas, primero unos diez pasos cuesta abajo, luego un poco cuesta arriba; finalmente se paró.

El lugar en el que Nikita se detuvo no estaba en el fondo del precipicio, donde la nieve que caía de los montículos podía haberlos sepultado, pero se hallaba algo resguardado del viento por el borde del barranco.

Había momentos en que el viento parecía amainar un poco, pero apenas duraban; además, como para recuperar el tiempo perdido, la tormenta volvía a la carga con fuerza redoblada, levantando ráfagas y remolinos aún más furiosos. Una de esas embestidas se produjo en el instante en que Vasili Andreich, después de recobrar el aliento, se había apeado del trineo y se había acercado a Nikita para consultarle lo que iban a hacer. Ambos se encogieron involuntariamente y, antes de hablar, esperaron a que el furioso torbellino pasara. También Mujorti agachó las orejas y sacudió la cabeza descontento. En cuanto el viento se calmó un poco, Nikita se quitó las manoplas, se las remetió en el cinturón, se sopló las manos y empezó a desatar las correas de la duga.


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