Amo y criado

Amo y criado

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«¡Ah, qué noche más larga!», pensó Vasili Andreich, sintiendo que un escalofrío le recorría la espalda. Se abrochó la pelliza, se arrebujó bien, se apretó contra la esquina del trineo y se dispuso a esperar pacientemente la llegada del alba. De pronto, en medio del silbido uniforme del viento, distinguió con claridad un sonido nuevo e intenso, que fue aumentando paulatinamente hasta volverse nítido, y a continuación fue disminuyendo poco a poco. No cabía duda de que se trataba de un lobo. Y ese lobo estaba tan cerca que, a pesar del viento, se distinguía cómo cambiaba la modulación de su voz, según abría o cerraba las fauces. Vasili Andreich bajó el cuello de la pelliza y escuchó con atención. También Mujorti estaba pendiente de ese ruido y no paraba de mover las orejas; cuando el lobo dejó de aullar, movió las patas y resopló con inquietud. A partir de ese momento Vasili Andreich no sólo no pudo dormirse, sino ni tan siquiera recobrar la calma. Por más que trataba de pensar en sus cuentas, en sus negocios, en su gloria, en su dignidad y en su riqueza, el miedo se iba apoderando poco a poco de él, y un pensamiento se superponía a todos los demás y los anulaba: tendría que haberse quedado a pasar la noche en Gríshkino.




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