Amo y criado

Amo y criado

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«¡Que se vaya al diablo ese bosque! Gracias a Dios tengo bastantes negocios y no lo necesito. ¡Ah, si me hubiera quedado a pasar la noche en Gríshkino! —pensaba—. Dicen que son los borrachos los que suelen congelarse. Y yo he bebido.»

Y, prestando atención a sus propias sensaciones, advirtió que había empezado a tiritar, aunque no sabía si de frío o de miedo. Trató de arrebujarse y de quedarse inmóvil, como antes, pero no lo consiguió. No podía estarse quieto; tenía ganas de levantarse y de ponerse a hacer algo para ahuyentar el miedo que iba creciendo en su interior y contra el que se sentía impotente. De nuevo cogió los cigarrillos y las cerillas, pero sólo le quedaban tres y además de las peores. Una tras otra se consumieron sin encenderse.

—¡Vete al infierno, maldita! ¡Así revientes! —exclamó, sin saber a quién estaba insultando, y arrojó el cigarrillo chafado. Estuvo a punto de tirar también la caja de cerillas, pero se contuvo y la guardó en el bolsillo. Se había apoderado de él tal inquietud que no hacía más que cambiar de postura. Salió del trineo y, poniéndose de espaldas al viento, empezó a ceñirse de nuevo el cinturón, apretándolo mucho y acomodándoselo por debajo de la cintura.


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