Amo y criado
Amo y criado Desde que se había sentado detrás del trineo, envuelto en la arpillera, Nikita no se había movido. Como todos los hombres que viven en contacto con la naturaleza y han pasado necesidades era paciente y podía esperar con calma horas e incluso días, sin experimentar inquietud ni irritación. Había oído que su amo lo llamaba, pero no había respondido porque no quería moverse ni hablar. Aunque aún conservaba el calor del té que había bebido y del esfuerzo que había hecho caminando entre montones de nieve, sabía que esa sensación no duraría mucho y que ya no tenía fuerzas para calentarse haciendo ejercicio, porque estaba tan fatigado como un caballo cuando se detiene y se niega a seguir: su amo puede fustigarle cuanto quiera, pero no volverá a moverse hasta que le dé de comer. Se le había helado el pie de la bota rota y ya no sentía el dedo gordo. Además, la sensación de frío en todo el cuerpo cada vez era mayor. La idea de que era no sólo posible, sino incluso probable, que muriese esa noche no le pareció especialmente desagradable ni terrible. No le pareció especialmente desagradable porque su vida, lejos de ser una fiesta continua, se había caracterizado por un incesante servicio a los demás, del que empezaba a cansarse. Y no le pareció especialmente terrible porque, además de los amos como Vasili Andreich, a los que había servido en la tierra, siempre había tenido el convencimiento de que dependía de un señor más importante, que le había concedido el ser, y sabía que al morir seguiría en poder de ese señor, y que Él no le trataría mal. «Da pena abandonar las cosas que te son familiares y a las que estás acostumbrado. Pero no se puede hacer nada. Tendré que acostumbrarme a las nuevas.»
