Amo y criado
Amo y criado De repente el caballo tropezó, se hundió en un montón de nieve, empezó a debatirse y cayó de costado. Vasili Andreich saltó y, al hacerlo, desplazó a un lado la retranca en la que apoyaba el pie, y perdió también el sillín al que se aferraba. En cuanto saltó, el caballo se enderezó, se lanzó hacia delante, dio un salto, luego otro, y, volviendo a relinchar y arrastrando la manta y la retranca, desapareció de la vista, dejando a Vasili Andreich solo en ese montón de nieve. Vasili Andreich se lanzó en su persecución, pero la nieve era tan alta y sus pellizas tan pesadas que, después de dar no más de veinte pasos, hundiéndose por encima de las rodillas, se detuvo sin aliento. «El bosque, los carneros castrados, las tierras en arriendo, la tienda, las tabernas, la casa con el tejado de hierro y el granero, mi heredero —pensó—. ¿Cómo voy a dejarlo todo? ¿Qué es esto? ¡No puede ser! —se le pasó por la cabeza. Por alguna razón se acordó de las matas de ajenjo agitadas por el viento, junto a las que había pasado dos veces, y un terror insoportable se apoderó de él. No podía creer en la realidad de lo que estaba pasando—. ¿No será todo un sueño?», pensó, y quiso despertar, pero ya estaba despierto. La nieve que le azotaba el rostro, le cubría y le helaba la mano derecha —cuyo guante había perdido— era real, como también ese desierto en el que se había quedado solo, igual que ese arbusto de ajenjo, esperando una muerte inevitable, inminente e insensata.