Amo y criado
Amo y criado «¡Reina de los Cielos! ¡Santo padre Nicolás, maestro de templanza!» se dijo, acordándose del oficio de la víspera y del icono de rostro negro y orla dorada, como también de los cirios que había vendido para poner ante esa imagen, que no tardaban en devolverle, casi sin consumir, y que él guardaba en una caja[8]. Y empezó a rogar a ese mismo Nicolás taumatúrgico que le salvase, prometiéndole una misa y varias velas. Pero de pronto comprendió de forma rotunda e irrefutable que ese rostro, la orla, los cirios, el sacerdote y la misa, aunque muy importantes y necesarios en la iglesia, no podían hacer nada por él en ese momento, y que no había ni podía haber ninguna relación entre esos cirios y esa misa y la miserable situación en la que se encontraba ahora. «No hay que desanimarse —pensó—. Debo seguir las huellas del caballo antes de que se cubran de nieve. Me sacarán de aquí y tal vez pueda alcanzarlo. Pero no debo apresurarme, porque me quedaría sin aliento y sería aún peor.» No obstante, a pesar de su intención de ir despacio, echó a correr, cayéndose una y otra vez, levantándose y volviendo a caer. Las huellas del caballo apenas se distinguían ya en los puntos en que la nieve no era muy profunda. «Estoy perdido —se dijo Vasili Andreich—. Si no consigo seguir las huellas, no podré recuperar el caballo.» Pero en ese mismo instante vio algo negro delante de él. Era Mujorti, y no sólo él, sino también el trineo y las varas con el pañuelo. Mujorti, con la retranca y la manta colgando a un lado, no estaba en el mismo lugar de antes, sino más cerca de las varas, y sacudía la cabeza, que las bridas, enredadas en una pata, doblaban hacia abajo. Por lo visto, Vasili Andreich había ido a parar al mismo precipicio en el que se había hundido antes con Nikita; el caballo lo había estado llevando de vuelta al trineo, del que, al descabalgar le separaban no más de cincuenta pasos.