Amo y criado
Amo y criado Una vez que alcanzó el trineo, se agarró a él y se quedó inmóvil un buen rato, tratando de tranquilizarse y de recobrar el aliento. Nikita no estaba en el lugar de antes, pero en el interior del trineo había un bulto, cubierto ya de nieve, y Vasili Andreich adivinó que era él. Ya no estaba asustado; si ahora temía algo era esa terrible sensación de miedo que había experimentado antes, cuando iba montado a caballo, y, sobre todo, cuando se quedó solo en el montón de nieve. Había que desembarazarse de ese temor a toda costa, y, para evitarlo, era necesario moverse, ocuparse de alguna actividad. Por eso lo primero que hizo fue ponerse de espaldas al viento y desabrocharse la pelliza. Luego, en cuanto recuperó un poco el aliento, se sacudió la nieve de las botas y del guante izquierdo (el derecho, perdido irremisiblemente debía de estar ya sepultado bajo dos cuartas de nieve); a continuación se apretó con fuerza el cinturón, por debajo de la cintura, como solía hacer cuando salía de la tienda para comprar el grano que los mujiks traían en sus carros, y se dispuso a hacer algo. Lo primero que se le ocurrió fue liberar la pata del caballo. Una vez que lo consiguió, ató de nuevo a Mujorti al gancho de hierro, delante del trineo, en el lugar de antes, y se puso detrás del caballo para colocarle bien la manta, la retranca y el sillín, pero en ese momento vio que algo se movía en el interior del trineo y que era Nikita sacando la cabeza de entre la nieve. Haciendo un enorme esfuerzo, Nikita, que ya estaba casi helado, se incorporó, se sentó y empezó a hacer gestos extraños con la mano, por delante de la nariz, como si estuviese espantando moscas. Al tiempo que sacudía la mano, pronunciaba unas palabras, y a Vasili Andreich le pareció que le estaba llamando. Sin acabar de arreglar la manta, se acercó al trineo.
