Amo y criado
Amo y criado —Ya ves, y decÃas que te estabas muriendo. Sigue tumbado y caliéntate. Asà somos nosotros… —empezó a decir Vasili Andreich.
Pero, para gran sorpresa suya, no pudo continuar, porque los ojos se le llenaron de lágrimas y la mandÃbula inferior empezó a temblarle. Guardó silencio y se limitó a tragar, tratando de deshacer el nudo que tenÃa en la garganta. «Por lo visto me he asustado tanto que he perdido todas las fuerzas», se dijo. Pero esa debilidad no sólo no le resultaba desagradable, sino que le procuraba una alegrÃa particular, que no habÃa sentido nunca.
«Asà somos nosotros», se dijo, embargado de una extraña y solemne ternura. Pasó un buen rato tumbado en silencio, secándose los ojos con la piel de la pelliza y remetiéndose por debajo de la rodilla el faldón derecho, que el viento no dejaba de agitar.
Pero tenÃa unas ganas enormes de hablar con alguien de esa sensación de alegrÃa.
—¡Nikita! —exclamó.
—Estoy bien, ya no tengo tanto frÃo —dijo una voz debajo de él.
—Ya ves, amigo, estaba a punto de perecer. Tú te habrÃas congelado y yo también…
Pero de nuevo empezaron a temblarle los pómulos y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas; no pudo proseguir.