Amo y criado
Amo y criado «Bueno, da igual —pensó—. Basta con que yo sepa lo que sé.»
Y guardó silencio. Pasó mucho rato tumbado en esa postura.
Nikita le daba calor por debajo y la pelliza por arriba; sólo las manos, con las que sujetaba los faldones a los lados de Nikita, y las piernas, que el viento destapaba una y otra vez, empezaban a helarse, sobre todo la mano derecha, que se habÃa quedado sin guante. Pero ya no pensaba en sus piernas ni en sus manos, sino únicamente en el mejor modo de calentar al mujik que estaba debajo de él.
Varias veces miró al caballo y vio que tenÃa la grupa descubierta y que la manta y la retranca yacÃan sobre la nieve; pensó que debÃa levantarse y taparlo, pero no podÃa decidirse a abandonar a Nikita siquiera un minuto, para no quebrar ese estado de alegrÃa que le embargaba. Ya no sentÃa ningún miedo.
«No hay cuidado, saldrá de ésta», se decÃa con la misma jactancia con que solÃa hablar de sus compras y de sus ventas, dándose cuenta de que estaba consiguiendo calentar al mujik.