Amo y criado
Amo y criado Vasili Andreich estuvo tumbado en esa postura una hora, luego otra y otra más, pero no se daba cuenta de cómo pasaba el tiempo. Al principio por su imaginación desfilaron diversas impresiones de la tormenta; veía las varas y el caballo bajo la duga, que se estremecía delante de sus ojos, y se acordaba de Nikita, que yacía debajo de él; luego empezaron a entreverarse recuerdos de la fiesta, de su mujer, del oficial de policía, de la caja de las velas y de nuevo de Nikita, que ahora yacía bajo esa caja; luego se representó a los mujiks que compraban y vendían, los muros blancos de su casa de tejado de hierro, bajo el que estaba tendido Nikita; más tarde todo se mezcló, una cosa se convirtió en otra, y, como los colores del arco iris, que cuando se unen forman una luz blanca, todas las impresiones se fundieron en una única nada, y se quedó dormido. Durmió largo rato, sin que ningún sueño le turbara, pero poco antes del amanecer reaparecieron las alucinaciones. Se vio de pie, junto a la caja de las velas; la mujer de Tijon le pedía una de cinco kópeks para las fiestas; quiso coger la vela y entregársela, pero no pudo levantar las manos, que se habían pegado a los bolsillos. Quiso rodear la caja, pero las piernas no le obedecían; en cuanto a los chanclos, nuevos e impolutos, se habían fundido con el suelo de piedra, y no conseguía levantarlos ni quitárselos. De pronto la caja de las velas se convirtió en una cama, y Vasili Andreich se vio tumbado boca abajo en su propia cama, en su casa. Tenía que levantarse, porque estaba a punto de llegar Iván Matveich, el oficial de policía, con quien iba a ir a tratar la compra del bosque o a colocar bien la retranca de Mujorti. Entonces le preguntó a su mujer: «¿Qué, Nikoláievna, todavía no ha venido?» «No», respondió ésta. En ese momento oyó que un coche se acercaba a la escalinata. Debía de ser él, pero no, pasó de largo. «Nikoláievna, eh, Nikoláievna, ¿ha venido ya?» «No.» Seguía tumbado en la cama, sin poder levantarse, y continuaba esperando, con una mezcla de temor y gozo. De pronto su alegría fue completa: la persona a la que estaba esperando llegó, pero ya no era Iván Matveich, el oficial de policía, sino algún otro. Había llegado y le llamaba: era el mismo que le había llamado antes y le había ordenado que se tumbara sobre Nikita. Vasili Andreich se puso muy contento de que ese alguien hubiera ido a buscarlo. «¡Voy!», gritó con alegría y ese grito le despertó. Al despertarse ya no era la misma persona que cuando se quedó dormido. Quiso incorporarse, pero no lo consiguió; quiso mover una mano, pero no pudo; quiso mover una pierna, pero no lo logró. Ni siquiera fue capaz de volver la cabeza. Esa circunstancia le sorprendió, pero no le afligió lo más mínimo. Comprendió que se estaba muriendo, pero tampoco eso le apenó. Se acordó de que Nikita yacía debajo de él, de que había entrado en calor y estaba vivo, y tuvo la impresión de que él era Nikita y de que Nikita era él, y de que su vida no estaba en sí mismo, sino en Nikita. Aguzó el oído y oyó la respiración e incluso el débil ronquido de Nikita. «Nikita está vivo y en consecuencia yo también», se dijo con aire de triunfo y se acordó del dinero, de la tienda, de la casa, de las compras, de las ventas y de los millones de los Mirónov; le costaba comprender por qué ese hombre al que llamaban Vasili Brejunov se había ocupado de todas las cosas de las que se había ocupado. «Bueno, no sabía lo que de verdad era importante —se dijo—. No lo sabía, pero lo sé ahora. Ahora no me equivoco. Ahora sé.» Y de nuevo oyó la voz de quien le había llamado antes.