Amo y criado

Amo y criado

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Nikita se despertó antes del amanecer. Lo había desvelado el frío que empezó a recorrerle la espalda. Había soñado que volvía del molino con un carro de harina del amo y que, al atravesar un arroyo, no había seguido la línea del puente y se había atascado. Y se vio a sí mismo metiéndose entre las ruedas y tratando de levantarlo con la espalda. Pero, ¡cosa extraña!, el carro no se movía; se había pegado a su espalda y no conseguía ni levantarlo ni escabullirse. Le estaba aplastando los riñones. ¡Además, estaba frío! Era evidente que tenía que salir de allí. «Bueno, basta —le dijo a alguien que estaba presionando el carro contra él—. ¡Quita los sacos!» Pero el carro seguía aplastándole y se hacía cada vez más frío; de pronto oyó unos ruidos extraños, se despertó y se acordó de todo. El carro frío era el cadáver congelado de su amo, que yacía encima de su propio cuerpo. Y el responsable de los ruidos era Mujorti, que había golpeado por dos veces el trineo con un casco.

—¡Andreich! ¡Eh, Andreich! —llamó Nikita con cautela, presintiendo la verdad y enderezando la espalda.

Pero Andreich no le respondió; su vientre y sus piernas estaban duros y fríos y pesaban como plomo.

«Debe de haber muerto. ¡Que Dios lo acoja en su seno!», pensó.


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