Amo y criado
Amo y criado Volvió la cabeza, se quitó la nieve de encima con una mano y abrió los ojos. Era de día. El viento seguía silbando entre las varas y los copos continuaban cayendo de la misma forma; la única diferencia consistía en que, en lugar de azotar el respaldo de madera, la nieve cubría en silencio, con una capa cada vez más gruesa, el trineo y el caballo, cuya respiración y movimientos habían dejado de oírse. «Probablemente también él se ha congelado», pensó Nikita. Y, en efecto, los golpes de los cascos que le habían despertado habían sido el último esfuerzo que el entumecido Mujorti había hecho por mantenerse en pie.
«Dios, Señor, se ve que me llamas también a mi —se dijo Nikita—. Hágase tu santa voluntad. Pero tengo miedo… Bueno, un hombre no puede morir dos veces ni dejar de morir una vez. Si al menos viniera pronto…» Y de nuevo se tapó la mano, cerró los ojos y se quedó inconsciente, completamente seguro de que había llegado su hora.
Sólo a mediodía unos mujiks desenterraron con palas a Vasili Andreich y a Nikita, a treinta sazhens de la carretera y a media versta de la aldea.