Amo y criado

Amo y criado

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La nieve había cubierto por entero el trineo, pero las varas y el pañuelo aún se veían. Mujorti, todo blanco, con nieve hasta el vientre y la retranca y la manta de través sobre la grupa, tenía la cabeza muerta apretada contra el cuello rígido; de los ollares colgaban carámbanos y sus ojos helados y cubiertos de escarcha parecían llenos de lágrimas. Había enflaquecido tanto en una noche que no era más que piel y huesos.

Vasili Andreich estaba rígido como una res congelada y, cuando lo apartaron de Nikita, tenía las piernas separadas, igual que cuando se había tumbado. Sus ojos saltones de gavilán se habían congelado y su boca, abierta bajo el bigote recortado, estaba llena de nieve. Nikita estaba vivo, aunque completamente helado. Cuando lo despertaron, estaba convencido de que había muerto y de que lo que estaba ocurriendo ya no sucedía en este mundo, sino en el otro. Al oír los gritos de los mujiks, que lo desenterraban y le quitaban de encima el cuerpo congelado de Vasili Andreich, le sorprendió que también en el otro mundo se gritase de ese modo y que el cuerpo se sintiese de la misma manera; y, cuando comprendió que no había abandonado este mundo, sintió más tristeza que alegría, sobre todo cuando comprendió que tenía los dedos de ambos pies congelados.


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