Amo y criado
Amo y criado Nikita pasó dos meses en el hospital. Aunque le amputaron tres dedos, lograron curarle los restantes, de manera que pudo seguir trabajando. Vivió veinte años más, primero ocupándose de las labores del campo y después, ya en la vejez, de vigilante nocturno. Murió este mismo año, en su casa, como era su deseo, bajo las imágenes de los santos y con una vela encendida entre las manos.
Antes de morir pidió perdón a su vieja y le perdonó su relación con el tonelero. También tuvo tiempo de despedirse de su hijo y de sus nietos. Sintió un sincero alivio al pensar que su muerte libraría a su hijo y a su nuera de la carga que suponía alimentar una boca más, y se alegró de pasar de una vez por todas de esa vida que se le había hecho tan aburrida a esa otra que de año en año y de hora en hora se le había vuelto más comprensible y atractiva.
¿Estará mejor o peor allí donde ha despertado, después de haber muerto de verdad? ¿Se habrá sentido desilusionado o habrá encontrado lo que esperaba? No tardaremos en saberlo todos.