Ana Karenina

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«Tiene celos», pensaba. «¡Dios mío qué tonto es y qué encantador! ¡Celos! Si supiera que todos son para mí tan indiferentes como Pedro, el cocinero» , se decía, mientras miraba la nuca y el cuello rojo de Levin.

«Siento mucho interrumpir su trabajo, pero ya tendrá tiempo de volver a él. Quiero verle la cara. ¿Se molestará si le miro? Quiero que se vuelva. ¡Vuélvete, vuélvete, lo quiero!»

Y Kitty abrió más los ojos, para aumentar el efecto de su mirada.

«Sí: todo eso se lleva el jugo y produce una falsa apariencia de prosperidad», murmuró Levin, dejando de escribir. Y notando que Kitty le miraba, sonrió.

–¿Qué? –preguntó levantándose.

«Se ha vuelto», pensó ella.

–Nada, quería que volvieras la cabeza –dijo en voz alta, y mirándole y tratando de averiguar si estaba descontento de que le hubiera interrumpido el trabajo.

–¡Qué bien estamos aquí los dos solos! ¡Quién me lo hubiera dicho! –repuso él, acercándose a su esposa con sonrisa radiante de felicidad.

–Yo también me siento muy a gusto –repuso ella–. No quiero ir a ningún sitio, y menos a Moscú.

–¿Qué pensabas? –preguntó Levin.


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