Ana Karenina
Ana Karenina –Pensaba… Pero no; anda, trabaja, no te distraigas –respondió Kitty, frunciendo los labios–. Además, yo también tengo que cortar unas piezas.
Y comenzó a hacerlo con las tijeras.
–Dime lo que pensabas –insistió él, sentándose a su lado y mirando el movimiento de las tijeritas.
–¿En qué? En Moscú, en tu nuca…
–¿En pago de qué poseo esta felicidad? Es demasiado hermoso para ser natural –dijo Levin besándole la mano.
–Creo lo contrario: lo natural es siempre lo mejor.
–Te sale un rizo por aquà –dijo Levin, volviendo suavemente la cabeza de Kitty–. ¿Ves? Pero no, no, estamos trabajando y…
Mas ya no hicieron nada, y, cuando Kusmá entró anunciando que el té estaba servido, se separaron bruscamente como dos culpables.
–¿Han venido los criados de la ciudad? –le preguntó Levin a Kusmá.
–Ahora mismo. Están arreglando las cosas.
–Vuelve pronto ––dijo Kitty–. Si no, leeré sola el correo. Luego podemos tocar el piano a cuatro manos…