Ana Karenina
Ana Karenina Una vez solo, guardando sus papeles en una cartera nueva, comprada por Kitty, fue a lavarse las manos en un nuevo lavabo, y con nuevos efectos de tocador que también con ella habían aparecido.
Levin sonreía a sus pensamientos y a la vez movía la cabeza con reproche. Le atormentaba una sensación parecida al remordimiento.
En su vida, ahora, había algo vergonzoso, afeminado…
«No está bien vivir así» , pensaba. «En casi tres meses no he hecho nada. Hoy me puse por primera vez a trabajar y apenas empezado lo dejé… Hasta descuido mis ocupaciones diarias. Nunca visito la finca a pie ni a caballo. Unas veces por mí, otras por ella, jamás dejo sola a Kitty, creyendo que va a aburrirse. ¡Y cuando pienso que antes suponía que la vida de soltero no valía nada y que la verdadera empezaba con el matrimonio! Pero en tres meses transcurridos jamás he vivido de manera tan ociosa a inútil. Esto es imposible.
Hay que empezar a trabajar. Claro que ella no es culpable; no puedo reprochárselo. Yo debía ser más firme, defender mi libertad masculina. Si no, me acostumbraré a esto. Pero ella no tiene la culpa», se repetía.
Mas a un hombre descontento le es difícil no culpar de algo a los demás y, sobre todo, al más próximo, el motivo de su frustración.