Ana Karenina

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Resultó como siempre que, después de haberles preguntado de qué precio querían la habitación, no había ninguna buena: una de éstas la ocupaba un revisor del ferrocarril, otra un abogado de Moscú y la tercera la princesa Astafieva, que se había detenido allí de regreso de sus propiedades.

Sólo había disponible una sucia alcoba a cuyo lado les prometieron otra libre para la noche.

Enojado contra su mujer al ver que sucedía lo que había temido, es decir, que en el momento de su llegada, cuando más preocupado estaba por la situación de su hermano, había de ocuparse de ella en vez de precipitarse hacia Nicolás, Levin la acompañó a la habitación que les destinaban.

–Ve, ve –dijo Kitty, en voz baja y tímida, mirándole como si comprendiera su culpa.

Levin salió en silencio y halló en el pasillo a María Nicolaevna, que, informada de que habían llegado, acudía, sin osar entrar. Seguía igual que cuando la vio en Moscú: el mismo vestido de lana, los brazos y la garganta descubiertos, y el mismo rostro bondadoso, con pecas, algo más lleno que antes.

–¿Cómo está? ¿Cómo se siente?

–Muy mal; ya no se levanta. Todo el tiempo le ha estado esperando. Pero usted… su señora…

Como Levin al principio no entendió lo que la inquietaba, ella se explicó:


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