Ana Karenina

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–Me iré a la cocina –murmuró–. Su señor hermano estará muy contento. Ha oído hablar de la señorita y la conoce de cuando estábamos en el extranjero.

Levin, comprendiendo que le hablaba de su mujer, no supo qué contestar.

–Vamos, vamos –dijo.

Pero apenas dieron un paso, se abrió la puerta de la habitación y apareció Kitty.

Levin se sonrojó de vergüenza e ira contra su mujer, que se ponía y le ponía en situación tan embarazosa. Maria Nicolaevna se ruborizó más aún. Sofocada, encarnada hasta saltársele las lágrimas, cogió con ambas manos las puntas de su pañuelo y empezó a arrollarlas con sus dedos rojos sin saber qué hacer ni qué decir.

Primero, Levin sólo vio la mirada de ávido interés con que Kitty escudriñaba a aquella mujer, a aquella terrible mujer incomprensible para ella.

Pero eso sólo duró un momento.

–¿Qué, cómo está? –dijo Kitty, dirigiéndose primero a su marido y luego a la mujer.

–El pasillo no es un lugar a propósito para hablar –dijo Levin, mirando con irritación a un hombre que pasaba, muy estirado y al parecer absorto en sus preocupaciones.


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