Ana Karenina
Ana Karenina –Entonces, pasen –indicó Kitty a Maria Nicolaevna, ya serena. Pero viendo el rostro espantado de su esposo, añadió–: Y si no, es mejor que vayan ustedes y envÃen luego por mÃ.
Volvió a su habitación y Levin fue a la de su hermano.
Lo que vio allà y lo que experimentó fue muy distinto de lo que esperaba. CreÃa que encontrarÃa a Nicolás en el mismo estado de confianza, propio de los tuberculosos, y que tanto le habÃa sorprendido durante la estancia de su hermano en el campo, en otoño.
Esperaba hallar los sÃntomas fÃsicos de la muerte próxima aumentados: más debilidad y enflaquecimiento, pero, en fin, la misma apariencia aproximada. Y suponÃa que habÃa de experimentar ante su hermano el mismo sentimiento de perderlo, el mismo horror ante la muerte que antes notara, aunque en mayor grado.
En la habitación, pequeña y sucia, cubiertas de salivazos sus paredes pintadas, se oÃa hablar tras el delgado tabique. En la atmósfera impregnada de olor a suciedad, sobre la cama, separada de la pared, habÃa un cuerpo cubierto con una manta. Una de las manos de este cuerpo, y unida de un modo incomprensible al antebrazo igualmente delgado en toda su longitud, estaba sobre la manta. La cabeza descansaba de lado en la almohada.