Ana Karenina

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Levin veía los cabellos, ralos y cubiertos de sudor, sobre las sienes y la frente, lisa, que parecía transparente.

«Es imposible que ese terrible cuerpo sea mi hermano Nicolás», pensó. Pero, acercándose más, le vio el rostro y se disiparon sus dudas. A pesar del horrible cambio del semblante, le bastó a Levin contemplar los vivos ojos, que Nicolás alzó para mirar al que entraba, le bastó observar un leve movimiento bajo los bigotes, para comprender la terrible verdad: que aquel cuerpo muerto era su hermano vivo.

Los brillantes ojos se posaron con seriedad y reproche en el hermano, que acababa de entrar. Y al punto se estableció entre ambos una interna comunicación. Levin, en aquella mirada, percibió un reproche y le remordió su propia felicidad.

Cuando Constantino le cogió la mano, Nicolás sonrió. Era una sonrisa débil, apenas perceptible y, no obstante la sonrisa, la severa expresión de sus ojos no cambió.

–No esperarías encontrarme así… ––dijo con dificultad.

–Sí… no… –respondió Levin, sin hallar palabras–. ¿Por qué no me avisaste antes? Quiero decir, en mi boda. Pregunté por ti en todas partes…


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