Ana Karenina
Ana Karenina Hablaba por no callar, pero no sabÃa qué decir. Su hermano no le respondÃa nada, mirándole con fijeza y esforzándose evidentemente en penetrar en el sentido de cada palabra.
Levin dijo a su hermano que su mujer habÃa llegado con él. Nicolás manifestó su alegrÃa, pero arguyó que temÃa hacerla pasar dado el estado en que se encontraba.
Hubo un silencio. De pronto, Nicolás se movió y empezó a decir algo. Por la expresión de su rostro, Levin creyó que iba a oÃr algo significativo a importante, pero su hermano sólo habló de su salud. Culpaba al médico y lamentaba que no estuviese allà cierto célebre doctor moscovita, y Levin comprendió, por aquellas palabras, que Nicolás albergaba esperanzas aún.
Aprovechando el primer silencio, Levin se levantó para librarse por un instante de aquel sentimiento penoso y dijo que iba a llamar a su mujer.
–Bueno; diré que hagan un poco de limpieza. Aquà todo está sucio y lleno de mal olor. Macha, arregla esto ––dijo el enfermo con dificultad–. Y cuando lo hayas arreglado, vete –añadió, mirando interrogativamente a su hermano.