Ana Karenina

Ana Karenina

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Se puede muy bien estar sentado con las piernas encogidas y sin cambiar de posición durante varias horas sabiendo que nada impedirá cambiar de postura. Pero si se sabe que obligatoriamente se ha de permanecer sentado con las piernas encogidas, se sufren calambres y los pies tiemblan y necesitan estirarse.

Lo mismo sentía Vronsky respecto al gran mundo. Aunque en el fondo de su alma sabía que estaba cerrado para ellos, quería probar a ver si, con el cambio de las costumbres, los aceptaba.

No tardó en darse cuenta de que el mundo seguía abierto para él personalmente, pero no para Ana. Como en el juego del gato y el ratón, los brazos que se alzaban para darle paso se bajaban al ir a pasar ella.

Una de las primeras mujeres distinguidas a quienes Vronsky vio, fue a su prima Betsy.

–¡Al fin! –exclamó alegremente Betsy–. ¿Y Ana? ¡Cuánto me alegro de verle! ¿Dónde han estado? Deben de encontrar muy feo San Petersburgo después de su espléndido viaje. ¡Ya me imagino su luna de miel en Roma! ¿Y el divorcio? ¿Lo han obtenido?

Vronsky notó que el entusiasmo de Betsy decaía algo cuando le contestó que aún no habían conseguido el divorcio.

–Van a lapidarme –dijo Betsy–, pero, no obstante, visitaré a Ana. Sí, iré de todos modos. ¿Permanecerán aquí por mucho tiempo?


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